“Lupus Est Homo Homini”, aunque más bien yo diría “Femina feminae lupus est”. Y añadiría: “Et non fémina, quom qualis sit non novit” (La mujer es lobo para la mujer, y no mujer, cuando desconoce quién es el otro).

Esta frase, aplicada al ser humano en general, creada por Plauto y popularizada por Thomas Hobbes, lleva revoloteando en mi mente casi toda la vida, y especialmente en los últimos tiempos.

Desde que la conocí, en plena adolescencia, me he venido resistiendo a darle cabida entre mis convicciones. Mi ídolo era Rousseau y no Hobbes.

Coincidía con el primero en que el estado natural del ser humano se caracteriza por la libertad, la igualdad y la bondad, dotado de una suerte de inocencia originaria (el mito del buen salvaje) justo hasta que la aparición de la sociedad le curte en el egoísmo y la maldad.

Sin embargo, yo rechazaba a Hobbes, quien daba por innato ese egoísmo y maldad en la esencia humana, siendo la sociedad la que intenta corregir tales tendencias a través de las leyes. Él tenía una concepción pesimista del ser humano, dominado por sus pasiones, y caracterizado por la precariedad y la violencia, de modo que, si no existiera ley ni autoridad, nada sería justo ni injusto, todos tendrían derecho a todo, generándose una guerra permanente de todos contra todos.

Lamentablemente, con el paso del tiempo, no sólo he venido a desterrar la primera parte del axioma de mi admirado Rousseau (la bondad natural del ser humano), sino que me siento testigo de una involución social que además de reafirmar la tesis de Hobbes, llega a sobrepasarla, situándose, en una extraña combinación, entre la segunda parte del planteamiento de Rousseau (la colectividad promueve el egoísmo y la maldad), y la primera de Hobbes (el hombre nace egoísta y malvado), quedando desdibujada la parte amable de ambos postulados.
Nos hallamos ante tal caos en la interacción humana que ni siquiera nos queda la confianza en el papel redentor de la sociedad ni en el represor de las leyes. Están perdiendo su utilidad.

Las redes sociales por su parte, lejos de ayudar en este ámbito, la mayor parte de las veces son el caldo de cultivo donde se proyecta y alimenta lo peor de cada ser humano, al permitir la total impunidad de conductas tradicionalmente reprobables, bajo el amparo del anonimato. Y la ética, que al menos servía de marco básico de referencia en el comportamiento allí donde no llegaban las leyes, también ha dejado de ser el timón.

Asisto atónita al fenómeno, cada vez más instaurado, de nuestra incapacidad para dialogar, para debatir civilizadamente hasta el extremo de que ni siquiera se admite la disparidad de opiniones. Aquél que no se pliega a nuestro criterio (casi siempre arropado artificiosamente por un pequeño grupo de presión) debe ser mandado a la hoguera.

Lo individual tiende a imponerse a las mayorías, de tal modo que se van multiplicando los minúsculos colectivos de todo tipo, cada vez más reducidos en número pero con inusitada fuerza cuando se unen frente a lo que entienden como un enemigo común. Para crear un lobby, simplemente hay que encontrar un líder con el que nos identifiquemos, que sepa arrastrar a unos cuantos y les ofrezca un marco de protección, de seguridad. Y, mientras, la mayoría silenciosa, desprotegida por carecer de adscripciones, de munición, se ve forzada a doblegarse a todos y cada uno de ellos dependiendo del momento, en una frenética sensación de esquizofrenia, sin poder hablar con libertad por miedo a la artillería pesada de los que sí pueden hacerlo, lamentablemente apoyados por políticos oportunistas y sin una respuesta adecuada de las leyes.

La sociedad se está dividiendo en dos sectores claramente diferenciados: el de los que sólo creen tener derechos, abanderados por grupos beligerantes, y el de los que sólo tienen obligaciones, es decir, aquéllos de los que se demanda la sumisión, los que no reivindican nada, pero no porque no lo necesiten sino porque no lo hacen con agresividad o con manipulación vehemente. Se acabaron los tiempos de las argumentaciones dialécticas para convencer al otro. Es el tiempo de las consignas y muletillas contagiadas por el líder de turno que hayamos elegido. Y si esas muletillas fallan, entra en juego el discurso violento, de ataque indiscriminado, de alzar la voz con insultos, vejaciones, narcisismo, deshumanización, llevando el “debate” al terreno personal, sin abstracción alguna…

Durante muchos años he reivindicado, como tantas mujeres, el derecho a la igualdad y a la libertad, pero cuando después de grandes esfuerzos estamos comenzando a ver la luz y asistimos a importantes avances en esa lucha, descubro que, paradójicamente, el enemigo está en casa, que quien ahora frena mi libertad como mujer y la de otras muchas es la propia mujer, falsamente empoderada por algunos colectivos pseudofeministas.

Estamos ante una sociedad enferma, donde las apariencias engañan, porque el germen de la enfermedad no está donde nos quieren hacer ver. Y las autoridades, siguiendo las directrices de quienes sólo saben gritar, insultar, amenazar, ofender bajo el paraguas de la más absoluta impunidad y a veces el anonimato, se limitan a enmascarar los síntomas, acallando o desoyendo los signos de alarma de esa mayoría silenciosa, sin darse cuenta (o quizá sí) de que la enfermedad sigue avanzando, lo que conducirá indefectiblemente a que nos fagocitemos.

Quiero mantener la esperanza de que, al menos, uno de los dos postulados filosóficos que citaba al principio, se pueda alcanzar y no quedarme, como ahora, con lo peor de cada uno. Pero para ello, será necesaria una profunda transformación desde dentro de cada uno de nosotros, que sólo puede venir propiciada desde el conocimiento del otro, lo que cada día resulta más difícil, al quedarnos enganchados en la superficialidad. Y luego, una vez conseguido y si procede, cabrá abordar cualquier debate.

“Femina feminae lupus est et non fémina, quom qualis sit non novit “(La mujer es lobo para la mujer, y no mujer, cuando desconoce quién es el otro).

M. ÁNGELES MOLERO MERINO.
ABOGADA.
ABUELA POR GESTACIÓN SUBROGADA.

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